Mi primera investigación nació de una necesidad que tenía muy cerca.
Un año antes había escuchado por primera vez el término experiencia de usuario. Me cautivó porque describía una idea que empezaba a interesarme cada vez más: el diseño no solo podía comunicar algo; también podía transformar la manera en que una persona comprendía, elegía y vivía una experiencia.
Mi madre tenía un establecimiento local de comida y, a través de ella, conocía a muchas personas que intentaban sacar adelante sus propios negocios. Veía cómo competían con cadenas transnacionales que disponían de más recursos, visibilidad y sistemas de marca. Cuando en la universidad nos plantearon el trabajo de graduación como una oportunidad para generar impacto social, supe dónde quería empezar.
Mi tesis, “Diseño de estrategias gráficas para mejorar la experiencia de compra de comida”, investigó cómo el diseño podía ayudar a que pequeños negocios de alimentación fueran más competitivos. El proyecto propuso estrategias emergentes de imagen con criterios de sostenibilidad y las aplicó en elementos físicos y digitales de tres establecimientos.
Fue una de mis primeras experiencias utilizando investigación, contexto, estrategia y diseño como partes de una misma respuesta. Ya no se trataba únicamente de crear una identidad visual, sino de comprender el recorrido de compra, detectar oportunidades y diseñar una experiencia capaz de ayudar a un negocio real.
El proyecto fue seleccionado para ser presentado en el III Concurso de Reconocimiento a la Investigación Universitaria Estudiantil de SENESCYT. Años después, la Universidad del Azuay lo convirtió en una publicación, ampliando aquel trabajo académico hacia una herramienta que otras personas pudieran consultar y utilizar.